¡Por favor, denme un título!

No tengo ni títulos. Si es que cada vez que entro aquí ha cambiado la interjeta del sitio! Si es que nada más entrar me ofrecen “sea usted el dueño de su propio dominio,”…prefiero seguir en este camino de cabras que pagar un dominio de esos donde no se pone el sol, prefiero que haya noches, como dios manda.

Ay, antes de nada, gracias, gracias a los cuatro o cinco majetes (sí, por cierto!) que sí recordáis cómo se abre este cacharro.  Esto sí es un estado policial. Escribes y UOUOUOOOO, suena la alarma. De todas formas, tengo que autocensurarme. Si no, la Mariwell me pega en el culo. La verdad, cuesta mucho sacar tiempo para esta carallada. Tengo mucha faena: darle a la lengua. Le echo la culpa a tener perra, pero no es verdad. Ya lo hacía, pero sí es cierto que he redoblado lo de entablar conversaciones y trabar amistades, aunque sean de un día. Yo a eso también le llamo amigos, por más que sean efímeros. Con la perra Dori tengo un problema: que los personajes con los que más me apetece pararme ella tiene un instinto destroyer y muerde a sus perros. Si sin hembras porque, en su misoperroginia cree que le van a hablar de detergentes y el precio del pollo. Si son machos, pues eso, porque son machos, y a ellos les marca en el culo. Una dentellada de aviso y luego, si el dueño no me mata, tan campante, los trata cortésmente.

Hay dueños que dicen, y tienen razón, que así es el lenguaje de los perros. Un argentino me dijo: déjalos, que se están intercambiando  la documentación. Y es verdad, se estaban oliendo las partes traseras del chasis. Pero uno le dio de patadas porque achuchó a su chucho, que emitió dos grititos histéricos y siguió andando como si tal cosa. Pero el tío la emprendió a puntapiés gritando: hijo puta, perro hijoputa!!! Y yo me di con el paraguas, pero con la punta, que no hace daño. Cuando repitió otra tanda, me dio tiempo de invertir el arma y le di unas buenas hostias con el mango, que sí que duele. Una chica frenó su coche, lo dejó en medio de la calzada y vino a ver qué tal estábamos y a decir que los humanos somos unos animales y que a ese tío había que retirarlo de la calle. Claor que estábamos en lavapiés, y allí solo retiran a los negros. Por cierto que ya he tenido alguna agarrada más con la policía por portarse fea y fascistamente con quienes ni van armados ni pueden ocultar su miedo.

En cuanto a algún ejemplo de amistad efímera (categoría “intercambiemos teléfonos”),  ahí va uno: el musulmán Mohamed (claro, todos son Mohamed menos un Hisam que “tuve” hace algunos años y desapareció cuando el 11M, glup!) al que, después de esperar a que terminara sus rezos aprovechando el chaleco amarillo de COMPRO ORO para arrodillarse, acometí en la Plaza de las Descalzas para abrumarlo a preguntas. Y eso que ya se había tumbado en un banco para la cabezada de antes de volver al trabajo. ¿Qué le pasa al islam con los perros? Pues nada, no pasa nada si el islámico no es un histérico. Es que una vez me dijo uno que “un perro mordió a Mahoma” y había que odiarlos. Luego leí que solo las babas y el pis son impuros, y este chico me dijo que algo de eso había: que si un perro le meaba los pantalones no podía rezar con ellos puestos. yo tampoco, le dije, ni siquiera ver la tele con los pantalones meados de perro. También me dijo que en su pueblo de Marruecos todos tienen perro, y que él, cuando vivía con su novia (o sea, que de musulmán histérico nada) tenía un can en Madrid. Pero eso sí, no deben dormir en la misma habitación que las personas…porque se tiran unos pedos estupendos. Yo no le dije que la mía dormía conmigo porque le funciona muy bien el metabolismo y solo en un par de ocasiones expelió gas metano.

En fin, muy salado el Mohamed. Tenemos los teléfonos pero no los hemos usado.

El otro día un señor que se parecía a mi padre me preguntó por la calle Don Pedro. Estábamos cerca y se lo dije. Venía yo de tomar una Negra Modelo con unos tacos (muy auténticos, es una tiendecita muy guapa que se llama La Canasta de Alamillo) a los que me invita la mexicana Vianadey porque le cae muy bien la Dori (un punto para ella y otro para mi perra!). El señor quería recordar la calle donde había currado en la administración del aceite de los olivareros de la provincia de Madrid de entonces, pero…llevaba unos libros y empezamos a hablar de libros. Se los compra a un pringadete de su barrio que los vende usados y la gente cuando los lee se los regala para que los vuelva a vender. Seguimos hablando de la involución estética de Madrid, de la Botella, de los turistas que fotografían los jamones de los escaparates y que no prueban los caldos del país. Luego hablamos del maltrato a los animales y las personas. Después me dijo que ya iría otro día a la calle Don Pedro (hola, Palazón!) y que si seguíamos hablando dando un paseo. El paseo duró tres horas!

En fin, y todos, TODOS los días tengo un par de paradas como mínimo, pero me lleva horas volver a casa. Ya hacía paradas sin perra, pero ahora no necesito arrancar la conversación en la cola del banco, ni encon el vendedor o la vendedora chifladita de la ONCE ni en el metro cuando  le llevo una maleta a alguien que arrastra dos en el puto metro de Madrid que no tiene ninguna accesibilidad para ir cargado ni de niños, ni de silla de ruedas, ni de muletas, ni de equipaje ni de cansancio. Con la indigencia se habla mejor con perro. Recientemente doy un rodeo para no encontrarme con Emilia, una que empezó dándome información interesante sobre la presión policial y el “barrancón” que había edificado la Botella para meterlos a todos (yo creía que los gaseaban) y al que no va nadie porque les aplican un horario de escolares. Fue dándome más información: de lunes a viernes van (donde los indigentes, a llevarles café y bocata) los universitarios, los miércoles “los católicos”. Me consta que los miércoles reparten los de la Comunidad de san Egidio, unos prepotentes colonizadores de pobres cuyo mandamás es un importante fulano de la mafia  que maneja o manejaba el dinero vaticano. Pero esos solo se ponen en la Plaza de Pontejos. Como les vaya un rumano a pedir un bocadillo de chorizao (les dan a elegir el relleno) y ya haya ido antes, les echan una bronca como si fueran niños de siete años: “a ti ya te he visto antes!”.

Pero Emilia ya se me estaba haciendo muy plasta. Y es difícil esquivarla, porque está en la esquina a tres casas de la mía. Lo voy consiguiendo, y sin tener que dejar de ver a Stefan el violinista transilvano, que me regaló su antología en CD (toca muy bien a Massenet) y a un cellista armenio que me intriga mucho; ahora parece enfermo, no sé. Y como es mayor…snif! A veces los músicos se juntan y hacen dúos, tríos o cuartetos, menos los rumanos del acordeón y los vientos, que son legión y tocan muy bien las músicas de cine, el swing y cosas muy animaditas. Llevan el ritmo con sus horrendos zapatos de punta de aquí a mañana, siendo los peores los blancos además de puntiagudos. En la calle Montera venden ahora un calzado inverosímil para varones rumanos. Brillantes, de colores, combinados, espantosos. No sé si venden muchos, pero los transeúntes tienen el escaparate gastado de tanto obtener instantáneas. Qué bonito cuando se decía así en las revistas.

No sé si he contado ya que un día estuve mendigando dos horas con dos húngaros que llevaban una semana pidiendo en mi calle para volver a su país. Llevaban ya un buen recorrido por  Europa y me dijeron que España era el peor país para ducharse y comer gratis y dormir a cubierto. Total, que como hacía mucho frío y estaba enfrente de casa, subí a hacer café y bajé con bocadillos, fresas y el café. Me invitaron a su saloncito, o sea, a sentarme en una mochila, y enseguida la Dori empezó a atraer donativos como con un imán de la caridad. Ellos concluyeron que “sin perro, dinerro pequeño; con perro, dinerro grande”.

Son muchos, muchos episodios. Un matrimonio ruso, y eso que no eran de los ricachos mafiosos, sino turistillas, me quiso dar dinero porque les dejé hacerle fotos y vídeo a Dori. No es infrecuente que le hagan fotos, pero sí que me ofrezcan dinero. El mismo día, dos rumanos jóvenes y musculados le dieron la merienda: quesitos El Caserío y pan. también me dieron una baguette calentita para que le diera más en casa, pero me la comí yo con queso de tetilla.

Y no sigo. Lo último que he socializado hoy ha sido un buenas noches a un tipo que entró en mi portal y me dijo gudifnin, que creo sería good evening pero también podía ser un magiar maldiciéndome por usar el ascensor con una alimaña que podía morderle, por lo que eligió la escalera, y luego lo oía resoplar mientras subía porque ya no tenía 15 años. Y ahí quedaba, dejé de oírle a la altura del segundo, creo.

Pues nada. Cosas más interesantes sí que las hay, pero esto lo es para mí. Mañana a lo mejor cuento lo de la noruega que se fue al Polo Sur y lo cuenta en el libro que estoy leyendo, y veréis que los noruegos también son unos machistas de collóns, por lo que dice esta mujer. Y las noruegas tampoco son de las que no se obsesionan por dejarlo todo (el hielo, los esquíes, las expediciones) para procurarse un maridito y un hogar con las zapatillas esperando en el hall, como se dejan en todas partes menos en España, donde preferimos ir dejando por el pasillo el barro y la caca de perro que pisamos antes de llegar a casa.

Qué chasco con los noruegos. Por eso el libro de Liv Arnesen se titula “Las niñas buenas no van al Polo Sur”.

galgos

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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