Tristeza de otros, mía

Es, quizás, lo más triste que he leído entre las historias de la inmigración. Por favor, mirad la mirada aunque la hayan querido esconder en la política corrección, miradla y escuchadla. Esa expresión de inmenso miedo, inmensa resignación, inmensa sorpresa, inmensa tristeza. Desesperada, y posada en ella una pregunta: ¿qué viene ahora en mi vida? Mirad la dignidad del miedo, contrastando con la indignidad del estado que, encarnado en uno de sus cuerpos de seguridad, difunde a los medios esa imagen como si fuera la de un animal selvático. Los medios, indignos, la publican seguramente pretextando ofrecer “las realidades crudas de otros mundos” y con la intención -de mentira- de hacer “despertar conciencias”.

O no. O solo quiere mostrar el trabajo de la Guardia Civil, ese buen hacer fotográfico y esa tarea desenmascaradora solo de la víctima. ¿Dónde está la foto del “proxeneta”, del traficante, del comerciante, del hombre que le cobró dinero por viajar así? ¿Y las de los guardias civiles que le hicieron la foto y le robaron el pudor? Yo vomito, de pena y de asco.

http://politica.elpais.com/politica/2012/09/24/actualidad/1348500490_138267.html

Tengp otra historia, de hace años, que me hizo llorar a mares. La leí en un deleznable semanal de un no menos deleznable periódico progreburgués, tranquilizador de conciencias, convencedor de virtudes imaginarias de sus lectores, adulador de quien requiera la coyuntura, obvio, somero, consolador, frívolo, superficial, engañoso. Esa historia era la de un centro de retención o como se llame, en las costas nuestras del sur, que apiñaba más a un exceso imposible que a un número de hombres y mujeres a punto de convertirse en ángeles del cielo de la miseria. Se lo estaba contando a mis padres y se me rompió la voz en pedazos. Un hombre de avanzada edad y muy cabal miraba a la cámara fotográfica y a la grabadora (quiero creer que la llevaban, que los periodistas pueden ser fieles a lo humano y recoger fielmente los testimonios; pero no me lo creo mucho, porque se gastan la batería en el Congreso, en las sedes de los partidos y en la casa de Paulina Rubio). Dijo que se iba a morir en sus propios excrementos cuando reventase la bolsa adosada al vientre, que llevaba no sé cuánto tiempo sin cambiarse porque en el centro no había ni eso, ni un gasa, ni una miga de pan. Contaba así su condena, y ya solo pensaba en un tic tac, ni siquiera en su vida.

El hombre estaba entre la resignación y la angustia, y me contagió las dos. Nunca olvidaré sus rasgos y su mirada, y nunca sabré que fue de él.

 Pero tal vez este mi personaje prefería morir aunque fuera de una manera tan sucia, antes de permanecer secuestrado después de toda la vida para intentar tener una vida.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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