Ikea es muy fea

Ikea es perverso, como Inditex. Con los empleados, con los clientes…y con los diseñadores, esos que firman sus modelos vanguardofuncionales con su nombre y su foto, caritas dulces y medio mojigatas, según el prejuicio mediterráneo.

Yo me pregunto: cómo y cuánto cobrarán esos diseñadores de la Billy, la Saäsgardetargeborgenburglarssen, la Argangforgöstraat, los eslóganes de “cambia tu decoración, adopta un niño” (ese lo tuvieron que eliminar rapidito porque les cayó encima un tornado de críticas), “la reública independiente de mi casa” (mis vecinos, los de la Guerra de los Rose, tienen el felpudito en su puerta y, por el patio, los oigo discutir: “bueno, prefieres ir a esa boda o ir a Ikea?, porque los fondos dan para una sola cosa!”).

Luego está la ruta a seguir, a seguir las flechas pintadas en el suelo como las del Camino de Santiago. Para que no te pierdas nada, pero en lugar de una iglesia románica, los monumentos son chaises longues presuntamente superdiverdivertidos para culos jóvenes. También se los venden o se los ceden a las series de televisión españolas, para hacerse gratis la publicidad, igual que H&M, Berska o Blanco.

Y así, todos igualitos. La lamparita encima de la mesita encima de la alfombrita junto a la camita símil hierro y el aparadorcito o la cómoda (a todo lo que tiene cajones le llaman cómoda, así sea más largo que ancho o menos alto que largo). Los cojines, los juegos de cama, la mantita de la siesta de sofá, el revistero de colgar en la puerta y los cubiertos. Las marionetas de dedo y todo lo demás. Por cierto, hoy tenían unos ratones de trapo, blancos, bastante realistas, con la ratona madre.

Por el camino, un espacio para zampar, con un cartelazo que dice: “Todos los niños bienvenidos a Ikea” (sic, debe de ser una sintaxis literal del sueco). Y otro cartel, de camino a los baños: “¿Por qué son tan económicos nuestros productos? Porque tú mismo montas tus muebles, ahorrando los costes de fabricación” (así no creamos puestos de trabajo inútiles porque vosotros sois tontos y porque una gran empresa se crea solo para forrarse, los puestos de trabajo que los creen el gobierno,  las mercerías y los bares).

“Combina tú mismo los colores y los módulos”. “Hazte tu cocina a la medida de tus gustos y tu espacio”. “Aprovecha las esquinas”. “Lo que no encuentres, búscalo en el ordenador para clientes, entre los elementos almacenados para que elijas sin que tengamos que buscártelo nosotros”. “Si necesitas preguntar a nuestro personal, hazlo”, (total qué más les da atiborrarse un poco más de trabajo, así pasan la jornada laboral entretenidos y sobre todo los festivos, en los que tenemos la plantilla reducida a la mínima expresión).

Un año, recuerdo, repartieron beneficios a los trabajadores. Bonita publicidad en forma de noticia. Les darían tres kronas, o coronas suecas, a cada uno. O parecido.

¿Que por qué he ido hoy a Ikea? Pues porque acompañaba a una amiga de las que no se arredran ante las dificultades de montar, pintar, ensamblar, atornillar, barnizar.

Yo una vez, hace muchos años, quise montar un futón que tenía mil tablitas paralelas y un  estúpido colchón encima, duro como el solo, relleno de algo parecido a hierba seca. Me puse de los nervios y acabó montándolo sola una amiga más mañosa. Duró lo que duró: nada, porque las patas se pusieron arterioescleróticas y se cayeron cada una para un lado, sin posibilidad de reatornillarlas. Las suplí con libros.  En pilas medidamente encajadas para que el camito en cuestión no cojease. Para dormir, y dado que las tablas se clavaban en la espalda dejándotela descompuesta en rayas paralelas, usaba solo el colchoncillo. Solo cuando tenía invitados de los que insistían en que mi habitación era mi habitación y no se podía profanas con otro usuario. A partir de un momento, dejé de insistir pero decidí retirar de la circulación el torturante lecho y los invitados pasaron a la categoría de bellos durmientes en el enorme sofá (y cama) colonial, en el salón.

Ikea me pone de los nervios, con sus mensajitos onda Viva la Gente y De qué color es la piel de Dios, siendo lo de Dios totalmente optativo.

Me he traído varios trofeos. Seis ratones con la rata madre y la deliciosa tarta de manzana, parecida a la de mi madre, que se me descongeló por el camino. Y las famosas albóndigas de ganado mular, o de lo que sean, pero están buenas.

El viaje, en metro (qué se le va a hacer, hasta Alcorcón hay que transbordar tres veces y pagar el doble, complicadamente desglosado en dos tramos, dos tornos o torniquetes, dos cerebros para realizar la operación, sobre todo si vas con el sueño bestial que tenía yo hoy).

Y ahora…a la camita! Un rato de lectura de novela negra hasta que el libro, de tapas duras, me caiga encima de la cara. Antes dejaba la lectura donde y cuando quería, pero ya tengo otra edad.

En cuanto apague la luz y me encuentre en decúbito supino, mi cuerpo recibirá la orden de dormir y la acatará al instante. Si tardo cinco minutos en dormirme, mañana diré que me ha costado conciliar el sueño. Así soy de soberbia. Sabiendo que es un privilegio de organismo bien programado, que cuando no le apetece tomar un gin tonic quiere decir que ese día me iba a sentar mal. Qué suerte tengo: buenos amigos, buenos compañeros y mejores compañeras, un estómago de hierro, un intestino como un reloj y un paladar casi lujurioso. Un hedonismo considerable y unas ganas incesantes de charla…que atonta a cualquier sano Job que haya tenido la mala fortuna de cruzarse en mi camino.

Y las vacaciones no se me hacen cortas, no tengo morriña de mi tierra pero la disfruto cuando me encuentro en ella, soy de donde haya que ser y en todas partes hago barrio. Mi vecina Carmina me cose los visillos (en enseñarme a pedalear en la máquina de coser fracasó a la primera), unos vecinitos arriba más que divertidos y cariñosos y con do perros muy juguetones (me gustan los animales), unos vecinos abajo a los que puedo pedir desde una escalera de mano hasta que me recojan un paquete de libros (si son de Donna Leon se los lee antes la vecina y yo tomo el testigo) con unos niños bien simpáticos. Una vecina a la que yo llamo Nancy Reagan y mis vecinitos de arriba “la monjita”. Y bueno, los Rose de la guerra de los Rose, que me sirven para hacer contraste. Pero al menos soy la única que no tiene miedo de que un día le crucen la cara ese par de pacifistas que se quedaron en istas, porque la paz les queda lejos. Aunque también me hacen algún pequeño favor si se lo pido. Procuro que sean las menos de las veces.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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