Qué moral…

Pues nada, que estoy asustada. Asustaíta de todo.

Acabo de leer una novela absolutamente cínica (Mexpósito, no me recrimines valerme tramposamente de la verba filosófica), que da miedo. “La cena”, de Hermann Koch. El mismo de “Casa de verano con piscina”, que también vaya por dios. Los sucesos descritos, terribles todos ellos, son lo más inocente entre la moral que hay en torno. La moral ausente. Pero la moral más básica, más animal…hasta esa está ausente. Sustituida por un instinto de supervivencia en lo frívolo. Lo más metemiedos de todo esto es la habilidad con que te lleva Koch a asimilar con total normalidad y falta de moral la falta de moral.  Es como cuando en tu trabajo o en tu “socialidad” transiges un día, un minuto, tal vez solo en el pensamiento, y ya la has cagado. Cada vez importa menos transigir porque ves que acabas pudiendo dormir con eso encima, y al final…puedes hasta matar sin sentir ni un temblor. Visto y no visto. De hecho, siempre me ha aterrorizado  la delgada línea entre la no violencia y la violencia. Una vez, iracunda, cabreadísima con un superior mío (superior porque así lo indica un complemento económico que conlleva su cargo para señalar que es superior) y en el fragor de una discusión, se me nubló el entendimiento, la moral, las buenas costumbres y hasta la vista. Mi cabeza giró por dentro,  me sobrevino una especie de mareo lupino y le eché las manos al cuello. Como acostumbro a dramatizar lo banal y echarle comicidad a lo importante, nadie sospechó que de verdad “me venía de matarlo”, así que, ante y entre risas ajenas, grité, furiosa: “mira, ahora es cuando te mato”! De repente desperté del coma de la violencia y, para disimular (si, disimular de carallo) me monté de un salto a caballito del tal superior (cuán sutil para el disimulo) y lo llevé así hasta la puerta de su despacho. Él se tuvo que reír, también para disimular (su humillación) y se dejó llevar con la carga encima. Hala, pensé, sigue vivo pero ya habrá aprendido. Claro que un día le di una galleta para perros y se la zampó con placer y en público, pensando que lo que le ofrecía en una bandeja eran delicatessen de tuétano para humanos.  De nuevo tuvo que disimular cuando se enteró de lo que había ingerido, y para ello emitió unos cuantos ladridos. Lo cierto es que le tengo aprecio, así que es de imaginar lo que le haría si no se lo tuviera.

EL caso es que no quiero transigir. De hecho, me es más cómodo no hacerlo, porque soy una especie de puritana en ese sentido. Como de una secta pietista, yo qué sé. Pero el peligro está ahí, simplemente porque todavía no me he muerto.  Lo comento casi continuamente con mis iguales. Por eso tantas veces ellos y yo decimos: “he hecho trabajo que es una mierda pinchada en un palo, no me siento nada orgullosa”. Me refiero a un trabajo mal hecho porque no ha habido tiempo para otra cosa o porque estabas tonta, espesa, dispersa, difusa o volátil. No porque hayas querido.

Lo bueno para no caer en la transigencia es vigilar el entorno (vigilar! Este parece el post de la paranoia!) y ver con qué alegría dice uno: “he metido la pata, pero el público no se entera de nada”, mientras otro dice: “a mí no me pagan por pensar, yo corto y pego, cutandpaste, catanpeist”, y el de tres mesas más allá opina de sí mismo: “qué bárbaro, qué bien hago las cosas, soy un monstruo”. Sí, me quedo con lo de que eres un monstruo, de verdad…mejor cuélgate de tu falso techo, que es más bajo y a lo mejor no te mueres, porque hasta para suicidarte te haces trampa. Lo que quiero decir es que, ante la tentación, lo más efectivo es ver su culminación en otro y ves que no mola…no mola nada.

Que se pueden llevar premios obrando tan cutremente y pueden no ganarse haciendo lo contrario? Por supuesto. Pero qué demonios es un premio para ti, si te lo han dado por vender humo?

Hoy, además del miedo que me ha metido en el cuerpo la lectura de “La cena”, tengo otro. Tengo miedo de la gente “normal”, ese porcentaje incalculable en una sociedad autotransigente que, en momentos como el que estamos pasando, el tránsito entre una presunta democracia y un fascismo abierto, descarado, desvergonzado y devorador de personas, de vidas, de cerebros, de corazones, se apunta a este con la mayor ligereza de alas. Estoy hablando de mi ámbito de trabajo. Un ámbito de personas e ideas cambiantes cada vez que sopla una ventolera nueva, lo que ocurre cada vez que hay elecciones que ganan “los otros”, si bien para mí todos son siempre “los otros”. No me hace gracia ninguno, pero, y no lo había previsto, unos otros me dan más miedo que otros. Y los que ganan pasan a ser los que mandan en mi trabajo.

Así están las cosas. Pero es que desde arriba hasta abajo impera el cinismo, el mal con sonrisa, el frío de la autoridad. Y yo me confundo, me pierdo, me aturdo, porque nunca hubiera podido imaginar que los de abajo serían, hasta donde pueden, más amorales que los de arriba. De estos cabe esperarlo. De los de la base también, pero siempre lo olvido de manera inconscientemente voluntaria, lo cual no es una paradoja aunque lo parezca.

Tengo miedo de que me estén espiando, siguiendo, midiendo, para condenarme. Es un miedo fundado y lo sé porque no soy la única amedrentada, pero a lo mejor sí más castigable por haberme mostrado, manifestado con parafernalia y total descaro. Pero…y lo que me he divertido? Además, se me pasará aunque tenga que ser con la costumbre.

El cielo no permita que me acostumbre, así me estrangule o me rompa la crisma un amoral.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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5 respuestas a Qué moral…

  1. cinismo dijo:

    no es por profundizar en el cinismo pero cada vez me importan mas cosas como la de Goldman sachs que las transigencias nacionales o nacionalistas (depende de en q cacho del país te haya tocado vivr)
    y por que en este país no se puede ver esto? http://www.arte.tv/fr/goldman-sachs/6820372.html

  2. untalmarra dijo:

    Guapa! Estás brillante. Encántame especialmente este post.
    Non te estarán volvendo cuerda? Muaaaaaakas!!!!!

  3. untalmarra dijo:

    Quero decir, que non te deixes (que te volvan cuerda) uy, como me lio….!

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