El pelito golpista

La que se puede montar por un pelito. Al parecer, en este momento tengo a una médica pendiente de convencer a un equipo de colegas para que, cuando vuelva a su centro médico-estético me asfixien un pelito, UNO, que tengo en la comisura de un labio. Es transparente, pero persistente. Me lo arranco con una pinza cuando alcanzo a verlo (o lo localizo al tacto, con la lengua), y cuando no, estoy todo el día pensando en él. Pero no en el ahora, sino en el mañana del pelito. ¿Qué pasará cuando sea una vieja pelleja, más vieja que la abuela de mi amiga B.B. (103 años) y la de mi…ejem…ex lo que sea, P. (104, si vive; los 103 sí que los cumplió)? ¿Y si no tengo pulso, o vista, o tacto en la lengua para alcanzar el pelito con las pinzas y asesinarlo? Habida cuenta de que el pelito por entonces se habrá vuelto negro, fiero, gallardo, ¡golpista!, ¿cómo impedir que se me imponga, se torne en mi gran enemigo, avieso, insultante e imbatible?

En resumidas cuentas, y voy a ser veraz, no solo tengo ese pelito, sino cinco en total: cuatro en la barbilla y ese en la comisura derecha. Para no llegar a la venerable edad de Doña Rogelia, a la que estimo y de la que admiro su ancianidad bienhumorada a la par que ordinaria (¡como a mí me gusta, machota!) con unos cañotos que yo misma no me pueda arrancar con unas simples pinzas, decidí someterme al “pirimento”, que es más bonito que expermiento, del láser alejandrita, y zanjar el asunto.

Así que me hice una tarifa plana, que me suponía ir a unas cuantas parrilladas, en número indefinido, de mi propio yo epitelial o pilosebáceo, ya que unos depósitos de esta clase suelen alojar una espinilla y un pelito, así, juntitos. Y perdón por ser tan ordinaria, ya he dicho que es condición que admiro en Doña Rogelia.

No había contado con el p…to pelito, porque entonces o no había nacido o yo no lo había notado o lo había olvidado. Probablemente tuviera cosas más importantes en qué pensar, por imposible que parezca.

Pero como mi caso no era “grave”, llevaba a churrascar mis cuatro pelitos barbilleros, en vez de cada dos meses, y THE END,  una vez al año….de media. La penúltima, hace dos, la encargada de las barbacoas en el centro ese me dijo: oye, si quieres te chamusco el pelito único de la comisura, porque aunque en rigor facturaría como labio y no mentón, no te vas a poner a pagar un labio por un solo pelito.

Vamos, QUE SALIÓ DE ELLA, LO JURO. ¡Yo nunca regatearía por un pelito, como esas señoras que lo que ahorran en el pelito se lo gastan en rulos!

Bueno, pues pasaron dos años y el otro día volví. Mis pilosidades, las cuatro del mentón, están muriendo, pero les quedarán otras dos sesiones (de un minuto, vamos, es que dura más el paseo que la pira). El centro al que voy ya no está donde estaba, gracias a dios, porque un día que fui a la antigua dirección fue cuando me crucé con Madame Bouteille d’Aznar y no la palmé de milagro, quizás porque ella miraba al frente y no a mí.

Me fui al nuevo sitio y allí me dijeron que la tarifa plana (que en realidad, por lo visto, se llama bono, qué sabrán ellas) me había caducado hacía dos años. Vaya. Pues nada, háganme un asado suelto (puntual, como se dice ahora mal, muy mal dicho). Cuesta equis. Vale. Espere ahí.

Me llaman. Voy. Entro en la cabina. Huele mal que te cagas, con perdón de la caca, que huele mejor que aquella asaduría. Huele mejor una máquina de freír moscas ultravioléticamente.

Le pregunté a la operaria, ella con sus gafas de Aviador Dro, y yo con las mías de obrero especializado del Aviador Dro, menuda escena. Rosas, las gafas, y muy tecnológicas (ja!). Le pregunté, digo,  si haría como su compañera anterior, muy anterior, de hace dos años: atacar al pelito, el único en la comisura del labio, que no es ni mentón ni tampoco labio, porque prácticamente está a medio camino. Sin ponerle precio ni cobrarlo.

Me dijo que no estaba autorizada, que blablabla. Le dije que se despreocupara si es que estaba preocupada, aunque obvio era que no lo estaba.

A la salida, dos minutos después (ese negocio es un chollo), le pregunté a una del mostrador a quién podía preguntarle lo del pelito, que no me iba a hacer un bono-labio (seguro que ellas le llaman “talón para bigotudas”, como si las viera) solo por él.

Espere, me dijeron.

Después de un rato de telefoneo y consulta, me dicen que entre en un despacho. Reconozco a la rapaza, creo que médica, de otra vez que fui y hablé mucho con ella y las del mostrador, en plan jajaja y cómo es la vida jojojojo, muy simpática. Me dijo que la cuestión, efectivamente, era…

-Peliaguda, le dije yo.

-Sí, dijo ella. Es que hay un equipo detrás (yo miré detrás de ella pero no lo vi) que no sabes cómo miran todo, con lupa, y luego es que tenemos tantas auditorías, ni te imaginas, y claro, esto serían dos zonas a mirar por un médico, barbilla y labio, y a facturar …

-Nada, pues déjalo, hija, porque como no vendáis tratamientos por unidad en lugar de por seto, lo cual sería otro absurdo….

-Pero no, mujer, vamos a hacer una cosa, la próxima vez que vengas, antes, PERO ANTES, ACUÉRDATE, de la sesión, preguntas por mí: A.B. (creo que era, pero ya no recuerdo si no se llamaría C.E., Camila Ernesta, o M.V.O., María Versión Original…), y ya hablamos.

Qué misteriosa. En agradecimiento o venganza le conté cómo eran los presupuestos en mi empresa, cómo ahora había partida para alquilar cámaras y no para comprarlas, así que en vez de comprar una cámara de vídeo que cuesta 1.500 hay que alquilarla a 5.000 el día. Y que por eso, y otras cosas parecidas pero peores, nos van a cerrar TVE más rápido que decirlo.

¿Cómo lo veis? ¿Y si cuando vuelva al sitio ese A.B. tiene la gripe y no ha ido a trabajar, o no está a esa hora porque tiene un minijob en otro sitio, o la han degradado por lenguaraz y dilapidadora, por echar la casa por la ventana cobrando mentones y regalando comisuras? ¿Estaré condenada a salir siempre de allí con el pelito puesto?

Pero he hecho bien. Nunca he tenido bigote ni lo he querido tener. Otra cosa sí: una varita mágica. Pero bigote, nunca he querido. Y ya que tengo un pelito, EL PELITO, que no es bigote pero tampoco barba, quizás debería conservarlo como objeto curioso. Único sí que es. Pero no, porque iba a estar 60 minutos a la hora, 24 horas al día, repasándolo con la lengua, e iba a parecer una muñeca putón de serie C.

O no. Porque a mis amigos de la tele, cuando se hacen los duros y me dan los buenos días con poca voz,  les pego, y no soy putón, lametones como un mastín leonés. Arf, arf, arf,  y les pego zarpazos, y entonces caen en la cuenta de que soy el pesado mastín leonés que, cuando no es convenientemente saludado, rascado su pescuezo, restregada la nuca y pronunciado alguna tontería, sigue toda la mañana correteando alrededor, arf, arf, arf, lameteándoles la cara y dándoles zarpazos en el jersey de lana hasta que le salen bolitas.

Qué pueril.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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Una respuesta a El pelito golpista

  1. Martini Rosso Tino dijo:

    Qué podría contarte de mis pelos en las orejas, que en cuanto pierda movilidad en los antebrazos se convertirán en matojos como los de mi tío, claro que él tenía Alzheimer y mi tía Maruja ninguna sensibilidad estética. Antes que caer en esta batalla piloso-futurista, prefiero, empero, pasarte una entrevista con Rosa María Calaf. No es una entrevista maravillosa y adolece de muchos defectos, pero los comentarios que genera cualquier uso femenino de la estética o la ética a los que ella alude son dignos de colgar en una sala aparte, con marcos dorados: que si llevaba minifalda, que si la mujer periodista, que si Sara Carbonero, que si el velo musulmán y todo este armazón con relleno para conseguir el tamaño correcto del busto en vez de dejarlo colgar por la cintura como hacen las mujeres del Amazonas (que de paso aprovechan la ocasión para amamantar a un mapache, las muy sostenibles). Ahí va. Viva la santidad.

    http://blogs.revistavanityfair.es/vanityshow/2012/03/22/rosa-maria-calaf-el-periodismo-actual-es-absolutamente-mercenario/

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