En el metro (yo, no Zazie*)

*juego de ideas intraducible, jejejeje.

Pues ya que es tarde para comer, siempre es tarde para comer porque antes tengo que hacer la comida, que no me gusta precocinarla y calentarla, me voy a demorar un poquito más para contar aquí que he variado mi ruta. No he venido en el 15, con Begoña hasta Sainz de Baranda chinda chinda y el resto sola, hasta Sol. He pillado el metro en O’Donnell (Odone, como decía un taxista, enemigo del amaneramiento patronímico), transbordado en Manuel Becerra, y de ahí a Sol. Y, oye, mi satisfacción ha sido magna al ver cuánta gente venía leyendo, y no el móvil, sino LIBROSLIBROSLIBROS de verdad, a no ser que tuvieran las páginas en blanco, que bastante me cuesta creer en la estadística que llevaba ante mis ojos.

Que si tengo algo en contra de que se lea el móvil en el transporte público? Pues mira, sí. Me da la impresión de que, cada día más, los usuarios de estos aparatos pequeños y venenosos se empeñan desesperadamente en que en un autobús o en el metro van a recibir la noticia de su vida o un diamante de tres mil kilates. Yo, pensando en el mejor de los mundos posibles, preferiría un kit-kat. Hay unos que empiezan a darle al dedito sobre la pantalla táctil, pasando vertiginosamente por los centímetros que los separa de la felicidad. Ya que no les llaman, llaman. Llegan a la M, o a la P, o a la W (más raro), y marcan. Holaaa! Sí, hija, ya lo sé, pensaba llamarte el lunes, pero después lo pensé pal martes, luego pal miércoles, luego pal mes que viene, y hoy me he dicho: pues por qué no llamo ahora? Y te he llamao. Sí, claro, claro. Pues no, no me ha llamado Maika ni tampoco Jessica, pero paso, porque están mazo gilipollas. No, los pendientes los he descambiao por un cilicio. Qué va, mi vieja me ha dicho que me compraba la corona de espinas si no privaba más, pero tía, ejque me pilla el Maiquel los sábados y me da mazo brasa y al final nos vamos al chino, pillamos y nos hacemos botellón.

Cómo no voy a preferir que el personal vaya leyendo? A mi lado venía hoy un chaval con una novela negra (de Chandler). A mi otro lado, una con el Qué me dices, pero era la única que llevaba “prensa”, porque enfrente tenía a otro con una edición de bolsillo de “El hombre que amaba a los perros”, novela estupendísima; los avatares de Trotsky desde que en Rusia le dijeron si te pillo te mato hasta que le mata en México Ramón Mercader, hijo de madre psicópata castradora, pasando por las frivolidades comunistestalinistas de Frida Kahlo, su pérfido marido y otros rojos ricos. También, en paralelo, está la historia de Mercader, y en fin, son varias capas que hacen un milhojas sin chantilly.

Lo que me pone mala es toda esa literatura que parece haberle ganado terreno a la de autoayuda y hasta a la de Paulo Coelho. Me refiero a la de unicornios que encuentran el código de Nostradamus camuflado en una catedral marina con reflejos del secreto de Panfilandia. Son todos gordos, con muchos puntos y comas y huelen a vértebra cervical. A veces tienen las alas tristes y suenan a tambor del club Dumas. Estos últimos están firmados por uno que, en la prensa, nos llama imbéciles a todos.

Cuando estaba en auge “lo que es” el libro de autoayuda, recuerdo que iba yo un día en el 15, también llamado (por mí, que soy mitad gallega y la otra también) el fitín, en inglés, cuando me fijé en que la tía que venía a mi lado tenía una mueca fija de risa o sonrisa o lo que fuera, pero vamos, una mueca de disfrutar mucho. Después de mil maniobras fallidas, tiré el boli al suelo y desde allí miré la tapa del libro: “Cómo vencer el cáncer”. Jodés! No le veo el lado cómico, y eso que cultivo el humor negro bien negro negro recalcitrante. Pero no tan obvio como para reírme de una obra presuntamente seria pensada para…para eso, para vencer el cáncer. Otros sonríen y le pegan un meneíto a la cabeza ante cualquier mensajito en el Samsung que imagino de esta índole: te acabas de perder en esa esquina y ya te estoy echando de menos…mi pajarita. O: si te pillo te pego un chuponazo que te vas a caer de culo, que también suena bastante romántico y también con esto se sonríen y menean la cabecita.

Así que…cómo no me va a dar contento ver en el metro esas lecturas tan poco turbadoras como la de Chandler o a Padura (el de los perros, Trotsky, Kahlo y todo eso)? Total, que yo llevaba mi lectura, pero el libro me servía sobre todo para amparar mi mirada de espía recorriendo todas esas geografías humanas, indumentarias, literarias y viajeras. Porque, claro, también me fijo en que a uno le tiembla el pulso, que una tiene cuperosis, que otro lleva el reloj parado y que la cuarta, a juzgar por su mirada, padece una esquizofrenia paranoide y está en plano delirio…y quién no?

Yo, en el metro, en el bus…

    

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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