Mi abuelo y el estramonio

Temo repetirme. Pero esto seguro que nunca la he contado. ¿He contado lo de mi abuelo porrero? Quiero creer que no, o me he vuelto más chaclueca de lo que pensaba.

Pues resulta que, a raíz de lo de esos fiesteros que se murieron por pasarse con las mezclas y meterse al cuerpo el estramonio sin querer o sin saber, me acordé de mi abuelo Pepe, que era muy, muy asmático y con tal motivo se hizo adicto al urbasón en vena. Adicto preventivo, vamos. Cada vez que “iba a tener un ataque”, o eso le parecía a él, PAF, inyección. Eso fue desde que mis hermanos y yo dejamos de permitirle ponernos una de antibiótico cada vez que “parecía que íbamos a toser”. De pequeños nos refugiábamos debajo de las camas. A veces nos sacaba agarrándonos por una pata y PAF, inyección. Pero ya mayorcitos, vamos, como pa dejarle pincharnos.

La verdad es que a mí me encantan las agujas, y seguro que la culpa la tiene mi abuelo Pepe. Las agujas de coser (para coser, entiéndase), la aguja de marear, el vino de aguja…y, en fin, hasta que me pongan inyecciones, pero ya en posición muy digna, de pie y como si nada. Bueno, ahora me las pongo yo. Desde un día en que la enfermera de la consulta del trabajo me regateó porque no le llevé la prescripción médica, sino solo la inyección y la receta como prueba, me metí en un baño, apunté en el centro del muslo y PAF, inyección.

Y ahora, como buena single, no necesito a nadie tampoco para eso. De hecho he tenido que pincharme adrenalina de vez en cuando por unas somatizaciones raras en la piel, que me ponían la cara como un muñeco de tómbola.  Al principio temí que me fuera a poner a cien por hora. ¡Adrenalina! Pero no, la adrenalina me provoca un sueño que me pone onírica durante horas. Bien.

Pues el abuelo Pepe, como era asmático, no permitía fumar en su presencia. Lo cual aprovechaba, en la playa, para acercarse a chicas que estaban a lo mejor a cien metros, y les decía, muy fino, lo de “señoritas, miren, es que soy asmático y las inhalaciones ajenas también me hacen daño”. A partir de ahí, se quedaba charlando con las señoritas, y a los nietos que les dieran dos duros.

Pero hete aquí que un amigo médico le recomendó los cigarrillos balsámicos del Dr. Andreu. Un asco. ¿Y qué llevaban los cigarrillos balsámicos del Dr. Andreu? ¡Datura estramonio!, o sea, la planta demoníaca que en las discotecas mata porque si no hablas con el Dr. Andreu (que ya no puedes, porque está muerto) no te enteras de la dosis que te quita el asma pero un poco más te lleva al otro barrio. ¿Y qué más llevaban? ¡Cannabis indica!

  

¿Y qué pasaba con los cigarrillos balsámicos del Dr. Andreu? Que olían a porro húmedo mezclado con grelos y eucalipto. Y, habida cuenta de que mi antepasado los guardaba en su lata de un año para otro en un pueblo costero de Galicia, se ponían más húmedos que las babas de mi jefe. Con lo cual, el abuelete, acostumbrado al urbasón en vena, fumaba como si fumase cigarrillos de chocolate nestlé, pero los demás nos cogíamos un colocón, mayormente de asco, que no veas.

Y los demás, sin poder fumar, porque el interfecto la emprendía con el ¡COF COF! y decía que le estábamos poniendo enfermo. Pero no murió de eso, sino de un cáncer de estómago que antes le permitió terminar de ver un partido de su equipo.

 PARA LAS DAMAS.

 El DR. ANDREU HIMSELF, RICO Y POLIFACÉTICO. PAPÁ DE MADRONITA ANDREU, RICA, VIAJERA Y QUE PLASMÓ SU MUNDO CON UN TOMAVISTAS. 150 HORAS DE RODAJE, RECOGIDO Y RESUMIDO EN EL DOCUMENTAL “UN INSTANTE EN LA VIDA AJENA”, DE JOSÉ LUIS LINARES Y JAVIER RIOYO. ESTÁ INTERESANTE.

  

 UNA PIJA INQUIETA, MADRONITA, NACIDA ANTES QUE EL SIGLO…XX. EN FIN, COSAS DE LA ALTA BURGUESÍA CATALANA.

Y hablando de datura estramonio, cuando estaba yo en la universidad se puso de moda. Vamos, relativamente de moda, entiéndase, y yo vivía con dos biólogas en ciernes, una, además, botánica, que tenían un compañero que se comía todo lo que se encontraba en el campus, y luego, claro, veía bichos encima de los exámenes, parciales y finales.  Para compensar, iba al psiquiatra, pero lo cambiaba cada dos por tres. ¿Que encontraba uno por la mitad de precio? Pues a ese. ¿Que otra le cobraba la cuarta parte? Pues a esa. Así acabó. Bueno, no sé cómo acabó, pero tenía cierta o ciertas psicosis que, sin embargo, respetaban su inteligencia nada común. Tenía su mundo.

 

Y entre otros hierbajos, se metía datura no sé si fagocitada o en infusión, pero yo, con una muestrita, me hice una infusioncita ligera, muy ligera, con una amiga. Y enseguida nos entró tal terror que nos metimos en la cama a esperar. Nada. ¿Qué sientes? Pues unas oleadas en el estómago. ¿Y tú? Yo me mareo, pero poco.

  

Y nada, o el comehierbas nos había dado margaritas, o la infusioncita era tan sutil que lo único que consiguió fue suavizarnos la digestión.

Con el tiempo descubrí que soy inmune a las drogas. Ya veis lo que me pasa con la adrenalina, que no es una droga pero se supone que te tiene que dar, como mínimo, unas buenas pulsaciones, y no seis horas seguidas de sueño diurno, seguido, a su vez, del sueño de la noche. La marihuana me sabe a grelos, recuerdo, sin duda, de los cigarrillos balsámicos del Dr. Andreu, el hachís me sabe a avecrem mezclado con henna, y ni los antihistamínicos me quitan el sueño, con lo cual puedo conducir 600 kilómetros sin pegar la oreja a la ventanilla ni la cabeza al volante.

Y no digo más, porque es descubrir mis secretos, de por sí no demasiado secretos. Os dejo este souvenir de Oporto, un “pirimento” fotográfico de los míos.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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