¡Ay, que llueve!

¡Ay, lluvias y goteos, mareas y charcos, rías y reflejos! Así está el tiempo, manda carallo. Galicia se cansa de volver a ser como era. El cambio climático le había conferido una cierta alegría fresca en el rostro. Pero también es verdad que eso no podía ser verdad, y la verdad es que ya se ha despertado meona otra vez. Venga a llover, venga a no empaparse el suelo de tanto que llueve. La tierra se ha convertido en un espejo que refleja que es agosto y se termina el verano, si llamamos así a estar en la inopia, ausentes del trabajo o ausentes en el trabajo. Por el medio, algún engañito. Una temperatura pinchona que hiere los cuellos y decolora los vestidos ligeros. Un sol virtual que no tarda en cruzar la ría, el mar, y volver al sueño de donde vino. Vaya asco. Sí, sí, muy bonito, dices tú que no sabes lo que es una infancia entera entre chubascos y tormentas, grisuras y humedades, altas presiones y bajas temperaturas (eso significa el cielo encima de tu cabeza, durante una semana entera). El pasatiempo de buscar caracoles ya que son los únicos que salen entre chaparrón y chaparrón. A ver si con paciencia y dos hermanos casi coetáneos recoges un kilo, ¡un kilito!, que los madrileños pagan a 5 pesetas. ¿Pero sabes qué? Que un kilo de caracoles ocupa lo que las patatas de un saco de 20 kilos de patatas. O sea, que ese duro madrileño no lo vas a ganar ni en veinte años, y detrás de ti viene el poeta del tango cantando que veinte años no es nada….¡que te den, chaval! Está muy raro, el día. Es de sueño, de resignación el que la tenga y de un cierto surrealismo pluvial que disfraza a la normalidad. Pero estoy viendo un oscurecer que dibuja casas y barcas en el Mandeo, así que, si me perdonáis, voy a hacer unas fotos. Y de paso compruebo que las golondrinas, que este año las hay a millones, se han recogido en los dos edificios que construyeron sus adultos en mi balcón. Lo digo porque sigo sin entender cómo les cabe la cabeza por la entrada, y temo que cualquier día tenga que venir un chapuzas a rescatarlas, y ni siquiera sé a qué especialidad corresponde ese tipo de chapuza ni a quién hay que llamar.

Hasta las arañas se quieren suicidar con este tiempo…pero a esta la frustré. La metí en la caja del dentífrico y la dejé en el balcón hasta que se cansó de su huelga de hambre y sus instintos suicidas.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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Una respuesta a ¡Ay, que llueve!

  1. oye, te salió un efluvio Meirás-doña Emilia en este post que no veas ¡te juro que toda esa parrafada lírico-pluvial del comienzo me recordó a la Pardo Bazán!

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