Planchar enterrando a Stalin

Pues no sé por qué a mi amiga J. le haga tanta gracia que planche mientras veo el funeral de Stalin en internet. Antes ponía música. Para mimetizarme satisfactoriamente con la plancha, escuchaba a Estrellita Castro o a Pastora Imperio. Luego me odié tanto por haber sido tan obvia con la banda sonora del planchado que me pasé a Chemical Brothers. Después a Massive Attack. Después solo a Tricky, sin Massive Attack. Qué coñazo, su santa madre.

Al final, para planchar, como para casi todo, música coral del barroco, y…¡tacháaaaaaaan! El blues, coño, el blues! ¿Vuelta al hogar y al colegio con el Cortinglés? ¡Nooooooooooooo! ¡Vuelta al blues, bluesssssbsssssbssssssblues!!!!!

  Esta pobre es Taylor Mitchell, que solo sacó un disco y se la comieron los coyotes en un bosque canadiense. Si no llega a ser porque vi la noticia, no la hubiera conocido en mi vida ni tenido el disco. ¡Y era muy buena!

 Y esta es Michelle Shocked, antes y después de convertirse al cristianismo insoportable de los cantan todo el día toda la semana todo el año a a todas horas yupi yupi my God!

Pero ¿he dicho al final? No, al final no fue el blues.  Al final de todo, o sea, hace cuatro días, empecé a planchar como una posesa por razones que vienen totalmente al caso pero como me voy a ir a dormir no pienso exponerlas ahora.

¿Y qué me pincho ahora para darle a la braza mientras me quemo las muñecas y el ombligo (cosas de las vestimentas caseras del verano)? Pues mira, el otro día me vi “Arroz amargo”, ese superclásico de mujeronas italianas que se van a cosechar el arroz y les pasa de todo, sobre todo a las que se enredan con los pantalones de Vittorio Gasman, que son la Mangano, jovencísima, y Doris Dowling, y también sale Raf Vallone, guapísimo. Cuando terminó, revisité “Amanece, que no es poco”, que me parece una genialidad inagotable, o sea, que Cuerda iba sembrado de genialidad y que la espectadora, yo, no se agota nunca de tanta genialidad. Tanto me reí, que para parar tuve que chutarme “Chungking Espress”, una chinada en la que una lolita china y una femme fatale china ponen nerviosos a los chinos, y sobre todo a un policía local con la chapa 223. Un quiero y no puedo de 1994 que se supone que fue de una modernez pa desmayarse, pero no.

Ayer vi “Berlín Occidente”, de Billy Wilder, con Marlene Dietrich haciendo de nazi puta, bueno, de puta nazi, o ex nazi ex amante de nazis y conocida de Hitler y ahora superviviente pero sin caerse de la burra ni de la barra del Lorelei, liga paquí liga pallá para que le obsequien con objetos inencontrables para las berlinesas; sin caerse de la barra ni desprenderse de lo superfluo y empeñada, mientras se hace enterrar en tanta media de seda, cigarrillos franceses, pastillas de jabón, comiditas más o menos finas y otros regalos típicos de las posguerras que ella le consiguen los hombres a los que trae por el camino de la amargura…o que le espían, a la muy burra, y ella toda chula creyéndose la reina del Lorelei, ese local decadente en el que amanece cada día cantándole a Berlín ante la ingenua y cateta soldadesca americana.

    

Al final, el chico se lo lleva Jean Arthur, que hace de congresista republicana que va a supervisar la moral (moralidad) de las tropas americanas en Berlín, ante los rumores de que andan de fiesta todo el día, lo cual es cierto. El chico, por cierto, no vale nada, pero en fin, lo importante es que Marlene, por nazi, se quedara compuesta y en la trena. No solo por nazi, es que también es malvadísima con Jean Arthur, que es una paleta puritana de Iowa (Ióva, dice el doblaje, y también dice “un campamento de boyescots”), además de congresista, y desde luego, no es tonta, solo que está sin malear, como yo y como otras que nunca seremos como la malvada Marlene, que es too much.

Y hoy, ¿por qué no? me pareció que el funeral de Stalin en inteligible versión original con acento georgiano era lo más adecuado para pasarle el hierro a blusas y faldas. Por cierto, estoy fatal de faldas. Pero esa es otra historia, que seguramente cabe en dos líneas.    

A propósito no de Stalin, sino de Trotsky, el libro más ameno y cautivador (ficción) que he leído sobre este cenagoso caminejo de la revolución rusa y la purga posterior entre rusos, concretada en la encarnizada tirria al iluso, es “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura, curioso ejemplo del cubano que vive en Cuba y la ama pero ha visto sus purgas….demasiado parecidas a las rusas-soviéticas-rusas y así sucesivamente. Padura tiene también novelas negras protagonizadas por un poli retirado convertido en detective que se llama ¡Mario Conde!

Recomendado vivamente:

 ¡Pobre Trotsky!

Y me voy a dormir, y mañana seré más seria…a lo mejor. O cuento mi sueño de…..pero ya veremos.

 

 

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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2 respuestas a Planchar enterrando a Stalin

  1. flipo con la evolución del cartelamen de “Berlín Occidental” :una marleen dietrich con pinta seria se convierte en la “selección clásicos de oro” en una languidita rubia que ademas en la foto de abajo se abraza a un especimen masculino protector y mas grande que ella…. pero me parece guai porque confirma mi línea de trabajo: de la garçonne europea mujer independiente a la femme fatale inofensiva que anticipa a la pin-up norteamericana, guapita, tontita y totalmente sumisita

  2. pd: donde se dice “foto de abajo” se quiere decir “parte inferior de la imagen”

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