Mi peculiar “xenofobia”.

Bueno, pues ayer fue la final de Eurovisión y ganó Azerbaiyan. Que si inesperado, que si tal que si cual. El caso es que hoy he abierto un periódico en la web y he visto “la noticia”. Los comentarios de los lectores, que siempre me interesan mucho para ver por donde van los tiros, estaban llenos de odio a los extranjeros, odio a los países del este, odio a los musulmanes, y todo porque España había quedado fatal (total, quedar mal en Eurovisión es como quedar bien en una convención internacional de gourmets).

Las opiniones en internet iban en la línea de: “desde que nos invade Europa toda esa serie de gente de ‘esos países’,  Europa se va a acabar”, “claro, ahora traemos en palmitas a los musulmanes”… Uno decía que qué pintaba Azerbaiyán, si “no es Europa”. Otro le corregía diciendo que sí que lo era, y que Israel era el que no pintaba nada.

En fin, solo les faltaba recordar (pero qué iban a recordar esos) que Azerbaiyán fue uno de los matadores de armenios y que el crimen quedó impune. Como casi todas las masacres de la historia, vaya, que, o no se pagan, o las pagan unos sanguinarios ya ancianos y con pinta de tiernos abuelitos. Las pagan baratas, pero menos consuelo sería el nada de nada.

 

Me acuerdo de todas estas cosas cuando bajo a la calle y me encuentro al violoncelista armenio que siempre toca, si no ante mi casa, un poco más hacia Ópera, dependiendo de la competencia entre los músicos callejeros y del volumen que estén despilfarrando los del mariachi de la Puerta del Sol. Si no se le oye bien al violoncelista, imaginen al señor que interpreta el Cascanueces con las copas de cristal.

Y me digo, ay, el imperio Otomano, Turquía, Azerbaiyán….bueno, qué coño, si Turquía aún anda deportando armenios, y solo en 2010 andaba en expulsar a cien mil. Claro que yo, si fuera armenia (precioso nombre) no me quedaría en Turquía ni de coña, por si acaso. Bienvenida la deportación antes que la decapitación, que la tentación genocida siempre late en tantos países, diosvirgendios, a estas alturas.

Ay, para compensar tengo que decir que en 1992 los azeríes fueron los buenos, y los armenios los malos, en Nagorno Karabaj.

Bueno, a lo mejor les dejaron ganar por solidaridad. En todo caso, también hubo merecimiento,  porque cumplieron todos los requisitos de la horterea que el festival requiere.

Eso me da igual, lo que me preocupa es leer, como he explicado antes, los comentarios de los lectores de periódicos, o, mejor dicho, de los que leen o ni siquiera leen, pero tienen que ponerle a todo sus viscerales puntos sobre sus personalísimas  íes.

Creo que no vuelvo a leer opiniones calientes, porque a mí también me sube la temperatura.

Y ahora voy a reconocer una cosa: yo soy muy xenófoba. En mi edificio, en el que vivo desde hace 14 años, vienen y van inquilinos extranjeros que hacen ruido, son maleducados, ponen una música horrible a todo volumen (sí, del tipo eurovisivo, o Ricky Martin, qué se yo), emiten sonidos a todas horas desde sus terribles cajas torácicas con amplificación natural, suben y bajan las escaleras para visitarse unos a otros de madrugada, no cierran las puertas del ascensor o fuman dentro de él, un histórico ascensor todo de madera y con capacidad para tres personas, que ellos multiplican hasta la decena, si caben; dejan objetos en los descansillos (desde una silla hasta una olla, pasando por la consabida basura), y más.

Si les pides que se callen, se parten. Sueltan la risotada en tus narices, y eso si no imitan tu cara iracuanda y tu voz de pretendida demonia queriendo meter miedo.

Que de dónde son mis vecinos? Adivinen. A mí me encanta contarlo, como experimento social, para que me interrumpan diciendo: “claro, son sudacas, no?”

Pues no, señores. Son jovencitos y jovencitas gringos o europeosalemanes en sumayoría, que vienen a estudiar español y a los que los pisos se los alquila el dueño de una academia que, si no les facilita el alojamiento, no vienen.

Así que ya ven cómo está el panorama “civilizado”, “europeísimo”, pijo, fino, adinerado, educado en universidades prestigiosas y con dinero en el bolsillo para gastar en comida basura sin probar ni el jamón, ni el vino, ni los museos, ni el tren a Toledo para la visita turística.

Los detestoooooo! Son ya 14 años, mucha estadística porque cada uno está una pequeñísima temorada, apenas unas semanas, para hacer un curso que les importa un pepino y en el que no les da la gana de aprender nada. Salvo los orientales, que son educadísimos, risueños, y hasta saludan. Aunque, eso sí, se ríen muy alto y con risa de cristal (eso les salva, porque me hacen olvidar que son humanos como los otros a los que me he referido).

Por lo tanto, ni se les ocurra pensar que los civilizados arios se traen sus costumbres a España. Puede que sean educados en Alemania porque la suya es una educación coercitiva, o puede que crean que España es una juerga y los españoles, primates gritones con los que hay que rivalizar.

Ah, y me dice la dueña (bueno, la madre del propietario, que como no vive aquí hace que no se entera) que ha tenido hasta que quemar los colchones de algunos y algunas que los dejaron hechos una caca; o repintar los pisos, o reparar los electrodomésticos, o deshacer las ñapas en el cableado del aire acondicionado que ellos trucan para que no funcione el temporizador…

  

En fin, con esta Europa tan avanzada y civilizada…quién necesita a los “sudacas”, como dicen tantos españoles prejuiciosos y mal informados respecto a nuestros vecinos de al norte de los Pirineos?

Y no me resisto a contar que una vez vino a mi casa una iraquí que también aprendía español, aunque ya sabía bastante, creo que porque era funcionaria de la diplomacia, y me pidió que la dejara llamar por teléfono. Llevaba pañuelo en la cabeza, uyyyyy, no se horrorizan? Yo no!

La buena de la mujer, una joven educadísima y que no se espantó de mi atuendo after ducha y absolutamente poco decoroso, tuvo que sufrir que le trajese rápidamente un atlas y le “obligase” a decirme las pronunciaciones de todas las poblaciones iraquíes que tenía yo que mencionar en los informativos, así como Mehdi (ejército de) y varios nombres propios de personas. Después de repetir esforzadamente Nasiriya, Basora, Móqteda al Sádr (y no Muctáda al Sáder, como se suele decir en los medios), va ella, toda cumplidita, y me dice: “caramba, qué bien dices BAGDAD”!

Vaya por Dios, con lo fácil que era esa. Vaya un mérito el mío.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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