Obsesiones y naufragios infantiles

Piensen que yo solo era una niña cuando….

Primera obsesión: Si algún día me dijeran que tenía cáncer, ¿dejaría mi trabajo para dar la vuelta al mundo, o seguiría yendo a ganarme el pan con el consabido sudor blablabla?

Vaya por delante que entonces el cáncer no se curaba como ahora, y yo establecía el paralelismo cáncer=morirme, en fatal simetría. Vaya también que yo creía que los mayores trabajaban, ahorraban y siempre tenían dinero, así que yo me podría retirar e ir a dar la vuelta al mundo no solo por estar enferma, sino porque sí. Y vaya, por último, que cuando pensaba en trabajar me veía formando parte de un ejército como médica militar (no sabía que existía la Cruz Roja), al rato se me despertaba la vocación de psicóloga de animales, después me imaginaba de bibliotecaria y así.

Segunda obsesión: Con todas las pagas del domingo que llevaba “ganadas” (y gastada, cada una, antes de lo que dura un parpadeo) hasta los 10 años ¿habría pasado ya por mis manos un millón de pesetas? Me lo sigo preguntando ahora con relación a mi sueldo y con pocos millones más.

Tercera obsesión: Preveía yo, con meridiana claridad, que cuando me muriera, lo haría soltera o casada y divorciada más veces que Elisabeth Taylor u otra campeona, que me parecía divertidísimo . No tardé más que un par de años en contestarme: ¡maridos, nunca!

Cuarta obsesión: Si ¨viniera una guerra¨, ¿qué sería mejor? ¿morir en un refugio improvisado en mi casa, escondida como Ana Frank (que siempre me cayó mal) con el riesgo de ser descubierta, o saliendo con una bayoneta a luchar para estar, por lo menos, distraída de la muerte y ganándome el premio, y no la casualidad, de salir indemne?

Quinta obsesión: ¿Me moriría de aburrimiento o, simplemente, de mutismo, si “viniera el fin del mundo” y solo sobrevivía yo? Con el hambre ni contaba.

Sexta obsesión, y me atacó porque acababa de leer los cuentos que contiene ¨Corazón”, de Edmondo de Amicis, un libro para niños masoquistas.

En el último, “Naufragio”, el sicilianito protagonista salva la vida a su amiga Julia, recién conocida en el barco en el que viajaban a Malta. Resulta que el barco zozobró y no había sitio para todos en los botes salvavidas.  Después de ayudar a colocar a todos los pasajeros en las plazas disponibles, al sicilianito le dijeron que solo quedaba un sitio pequeño, para un niño (entonces no se llevaba lo de un niño o niña, o un@ niñ@). Como era de esperar del santo niño, obligó a su amiguita a embarcarse, convenciéndola de que total a él no lo esperaba nadie, no tenía padre ni madre ni perrito que le ladre…El bote se alejó, y el sicilianito contempló a Julia hasta que se perdió de vista en el horizonte, porque los jodíos niños, como es sabido, alcanzan a ver hasta el horizonte los rasgos de cualquier conocido que se aleje en un bote salvavidas.

Pues de ahí me nació la obsesión: ¿a cambio de cuántas vidas valía la pena morirse? ¡Joooooooooo! Tela, ¿eh?

Total, que (espero que ellos no lo recuerden) me dediqué a amargarles la vida a mis hermanos con la moralísma disyuntiva : ¿tú por cuántos morirías? Empezaba con mil personas, que me parecía tanto como los habitantes de África, y terminaba en el fatídico toque de: ¿y si solo es por dos o…una?

Me mandaban a la mierda, y encima no dormían. Yo, como una rosa de jardín de señora inglesa.

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Acerca de mividadelosotros

Repugnada por el periodismo masticable.
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Una respuesta a Obsesiones y naufragios infantiles

  1. Tónico Sweepes dijo:

    Mis hermanas y hermanos intentaban mortificarme con dudas similares, sabedores de que yo tenía la respuesta a todas, pero supe que su intención era asustarme y fingía con pasmosa verosimilitud que me mortificaban. Mi hermano solía hacerme dormir con la pregunta “¿Y si después de la muerte no hay nada?” y yo pensaba para mis adentros que si no había nada, no tenía la menor importancia pero por no contrariarle en su angustia decía “¡Ohhhh… qué espanto!”

    Mi hermana la calzonazas retomó el ejercicio de angustiarme a partir de mi mayoría de edad, con las temáticas que poco a poco la trastornaron sentimentalmente como el sexo, la pareja y la eternidad sentimental. Durante muchos años creyó que me tenía maniatado sentimentalmente y yo me dejaba hacer, más que nada porque no tenía otra cosa más entretenida. El día que le dije que ya, que ya estaba algo cansado de que me buscara novio, novia, relaciones esporádicas o eternas para entretenerse torturándonos con todo su cariño enfermo no se lo creyó y pensó que volvería a sus pies incapaz de pensar por mí mismo sin sus sabios consejos. Todavía creo que anda esperándome diciéndole a los demás lo mucho que me quiere (mientras llama a la policía cuando me aparezco en la agencia de viajes de la cuales nuestro padre nos hizo socios comunes).

    El miedo a la enfermedad tampoco me hizo mucha mella, y aún a punto de morir hace tres años me preguntaba en la UCI si no sería conveniente hablar con un sacerdote para decirle todo lo que pensaba del más allá y verle compadecerse de mí en una situación en la que él también se encontraría en un x lapso de tiempo. Afortunadamente para ambos, como ya le había enviado a la mierda días antes, no vino a consolarme. Lástima, porque la UCI es muy aburrida mientras te mueres.

    Y en fin, es casi peor que te hagan desaparecer en Argentina, porque ni siquiera tienes tiempo de despedirte, que es una tontería, pero al menos te enriquece en los últimos minutos. Mi tía, la abogada, antes de morir, se arrepintió de toda la gente que había defendido sabiendo que eran culpables, y sin duda debe estar con ellos jugando eternamente al parchís sin ganar nunca. Ahora miro a los abogados con mucha más calma que antes, sabiendo que ellos saben de sobra que hacen el mal. Yo, como nunca he robado, torturado, hecho desaparecer, despedido, asesinado, maltratado, acusado injustamente ni tampoco nadie me creería si lo hiciera porque pensarían simplemente que estoy loco, espero el momento de mi muerte con una cierta curiosidad carente de morbo.

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